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Dieta cetogénica y cáncer: lo que la ciencia dice

  • 10 jul
  • 9 min de lectura

Actualizado: 15 jul


Dieta cetogénica y cáncer: beneficios potenciales, riesgos y evidencia científica actual.
Dieta cetogénica y cáncer: beneficios potenciales, riesgos y evidencia científica actual.

¿Ayudaría reducir los carbohidratos hasta un consumo muy bajo para privar de glucosa a las células tumorales? ¿Es una dieta viable a largo plazo durante la quimioterapia? Hay estudios que muestran resultados positivos con glioblastoma multiforme (GBM), pero la evidencia científica también muestra riesgos reales — aumento del colesterol LDL, pérdida de diversidad en la microbiota, déficit de nutrientes clave — que son factores importantes en el tratamiento oncológico.

En este artículo revisamos qué dice la ciencia, qué recomienda el IARC y el Código Europeo contra el Cáncer, y por qué el metabolismo de la glucosa en las células cancerígenas puede ser una herramienta en el tratamiento del cáncer.

 


¿Qué es exactamente una dieta cetogénica?

Necesitamos tener claro de qué hablamos cuando decimos "keto", porque no todas las dietas bajas en carbohidratos son lo mismo.


Una dieta cetogénica popular, de las que se suelen usar para bajar de peso, según describe la Escuela de Medicina de Harvard, apunta a que el 70-90% de las calorías diarias vengan de la grasa, alrededor del 20% de proteína, y menos del 10% de carbohidratos — generalmente menos de 20 a 50 gramos por día (para que te des una idea: una banana mediana tiene 27 gramos de carbohidratos).


La dieta cetogénica clásica 4:1 que se usa en estudios con GBM es mucho más estricta y se enfoca en 85-90% grasa, una ingesta de proteína baja, de 6-8%, y casi nada de carbohidratos, 2-4%. Es radicalmente diferente a simplemente "comer menos pan" o cambiar los carbohidratos por porciones grandes de carne en el plato.


 

¿Por qué tan pocos carbohidratos? La lógica metabólica es la siguiente: cuando el cuerpo no recibe suficiente glucosa, el hígado empieza a producir cuerpos cetónicos a partir de la grasa acumulada. Esos cuerpos cetónicos pasan a ser la fuente de energía principal del organismo, incluido el cerebro. A este estado se lo llama cetosis.


¿Por qué tan poca proteína? Porque parte de los aminoácidos de la proteína pueden convertirse en glucosa mediante un proceso llamado gluconeogénesis. Si se consume demasiada proteína, el cuerpo produce más glucosa, lo que puede dificultar mantener niveles altos y estables de cetosis, que es uno de los objetivos terapéuticos de esta dieta.


Esta adaptación no es nueva ni inventada por el mundo wellness: la dieta cetogénica lleva usándose desde la década de 1920 como tratamiento para la epilepsia refractaria en niños, y esa sigue siendo su indicación con mayor evidencia clínica.


Dentro del universo "keto" existe un espectro amplio de qué alimentos se usan, que en su forma más extrema puede ser prácticamente una dieta carnívora. En la dieta carnívora se elimina absolutamente todo lo que no sea carne, huevos, pescado y algunos lácteos — ni verduras, ni frutas, ni granos, ni legumbres.



La relación keto-cáncer: ¿de dónde viene?

La idea de que la dieta cetogénica puede ser una herramienta en el tratamiento del cáncer se basa principalmente en el llamado efecto Warburg, observado por el bioquímico Otto Warburg en la década de 1920. Warburg notó que muchas células cancerosas prefieren fermentar glucosa para obtener energía — incluso cuando hay oxígeno disponible — en lugar de usar la respiración celular normal. Según Warburg, el mal funcionamiento de las mitocondrias, esas mini fábricas dentro de las células cancerígenas, era la razón de este cambio en el metabolismo y, a la vez, la causa del cáncer.


A partir de esa observación se construyó la teoría de que la alimentación puede impactar el metabolismo de las células cancerígenas: si les cortás el suministro de glucosa a las células tumorales, podría frenarse su proliferación.

Hoy en día la ciencia sigue investigando el impacto de la alimentación sobre el metabolismo del cáncer, pero es mucho más complejo de lo que Otto Warburg había descubierto. Ahora sabemos que las mitocondrias no están rotas, y que el cáncer puede optar por usarlas para proliferar.


En este momento hay resultados alentadores publicados con glioblastoma usando la dieta cetogénica 4:1. La lógica para obtener buenos resultados es la siguiente: las células de glioblastoma suelen consumir grandes cantidades de glucosa (efecto Warburg marcado), las neuronas normales pueden usar cuerpos cetónicos con relativa eficiencia, y algunos modelos sugieren que las células tumorales podrían tener una desventaja metabólica en cetosis. A eso se suma que la baja cantidad de proteína en la dieta reduce la gluconeogénesis, y que el cerebro es accesible para los cuerpos cetónicos, que sí cruzan la barrera hematoencefálica.





Lo que el Código Europeo contra el Cáncer  recomienda

Mientras esperamos evidencia sobre el uso de esta dieta a largo plazo y con otros tipos de cáncer, vale la pena mirar qué dice la literatura sobre dieta y cáncer con el respaldo más robusto disponible hoy.


El Código Europeo contra el Cáncer (4ª edición), publicado por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC), sintetiza décadas de estudios prospectivos. Sus recomendaciones se basan en evidencia consistente:


·       Consumir abundantes granos enteros, legumbres, verduras y frutas. La fibra dietaria, en particular, tiene evidencia convincente de protección contra el cáncer colorrectal. Las frutas y verduras se asocian con menor riesgo en cánceres del tracto aerodigestivo.

·       Limitar los alimentos de alta densidad calórica — especialmente los ricos en azúcar o grasa — que promueven el exceso de peso, a su vez un factor de riesgo para varios tipos de cáncer.

·       Evitar las carnes procesadas (como fiambres, embutidos y salchichas) y limitar la carne roja, ambas asociadas a mayor riesgo de cáncer colorrectal.

·       Evitar las bebidas azucaradas, con evidencia de asociación con cáncer de páncreas.

·       Limitar los alimentos muy salados.


El Código también señala que los patrones dietarios saludables — caracterizados por mayor consumo de frutas, verduras y granos enteros, y menor consumo de carnes rojas y procesadas — se asocian no solo con menor riesgo de desarrollar cáncer, sino también con mejor supervivencia después del diagnóstico de cáncer de mama y colorrectal.


Noto algo importante al leer estas recomendaciones: son casi exactamente lo opuesto al patrón de una dieta cetogénica estricta, que elimina frutas, legumbres, granos y la mayoría de las verduras, y no limita las carnes rojas ni las grasas saturadas.


Esto invita a la cautela antes de reemplazar un patrón alimentario con fuerte evidencia preventiva por uno que todavía está siendo estudiado y que solo tuvo resultados a corto plazo.

 


Los riesgos que la evidencia sí documenta

Acá hay algo que me parece importante no minimizar, porque en la conversación pública sobre keto y cáncer se tiende a hablar mucho de posibles beneficios.


El colesterol LDL: una señal de alerta real

Una artículo publicada en el Journal of the American Heart Association sintetiza la evidencia sobre dietas cetogénicas y colesterol LDL (DiMattia & Petersen). El hallazgo más llamativo: en personas con índice de masa corporal normal, la dieta cetogénica puede producir aumentos muy marcados del colesterol LDL — el llamado "colesterol malo" — con incrementos que en ensayos clínicos van de 18 a 70 mg/dL en pocas semanas.


Este efecto es significativamente mayor en personas delgadas que en personas con sobrepeso u obesidad, lo que los autores atribuyen a diferencias en el metabolismo hepático del colesterol y en la actividad de los receptores LDL.


¿Por qué importa esto en contexto oncológico? Porque muchos pacientes oncológicos no tienen sobrepeso, y porque tratamientos como la quimioterapia ya generan desafíos metabólicos y cardiovasculares propios. Además, el LDL elevado es un factor de riesgo causal y acumulativo para enfermedad cardiovascular aterosclerótica, y ese riesgo crece con el tiempo de exposición. Muchas células cancerígenas tienen una sobreexpresión de receptores LDL, es decir, usan el colesterol LDL a su favor.


La buena noticia que señala el mismo artículo es que este aumento parece ser reversible: reintroducir carbohidratos de manera moderada (entre 50 y 100 gramos por día) puede revertir sustancialmente la elevación del LDL.


Harvard también lo deja claro: las dietas cetogénicas tienden a elevar el LDL tanto a corto como a largo plazo, y los riesgos adicionales incluyen cálculos renales y osteoporosis. Su versión carnívora, al basarse casi exclusivamente en grasa animal saturada, amplifica este riesgo.


El déficit de nutrientes: un problema real en tratamiento oncológico

La dieta cetogénica, al eliminar frutas, granos, legumbres y la mayoría de las verduras, puede generar deficiencias de selenio, magnesio, fósforo, vitaminas del complejo B y vitamina C — micronutrientes que necesita un organismo que está atravesando tratamientos agresivos como la quimio o la radioterapia. Por esta razón, muchas veces quienes siguen una dieta cetogénica agregan suplementos para cubrir este déficit.


La fibra también desaparece casi por completo, ya que no está presente ni en proteínas ni en grasas, lo que puede agravar el estreñimiento — un problema muy frecuente en pacientes oncológicos que reciben opioides o algunos tipos de quimioterapia.


El hígado y los riñones bajo presión

Con tanto metabolismo de grasas y proteínas, el hígado y los riñones trabajan a un ritmo elevado. En personas con función hepática o renal ya comprometida — como puede ocurrir en ciertos contextos oncológicos —, esto puede ser especialmente relevante.



La microbiota intestinal: otro ángulo a considerar

Una revisión sistemática publicada en Genes (Paoli et al., 2019) exploró la relación entre la dieta cetogénica muy baja en carbohidratos (VLCKD) y la microbiota intestinal. Lo que encontró, de manera consistente entre estudios en humanos y animales, es que la VLCKD reduce la diversidad y la riqueza microbiana — es decir, hay menos tipos de bacterias en el intestino. Esto es relevante porque la diversidad microbiana se asocia con mejor salud inmune, menor inflamación sistémica y, de manera específica, con menor riesgo de cáncer colorrectal.


Según una revisión sistemática de 2022 (Rew, Harris & Goldie, publicada en Gastroenterology and Hepatology from Bed to Bench), las dietas cetogénicas modifican la composición de la microbiota intestinal y suelen asociarse con una disminución de bacterias beneficiosas como Bifidobacterium, además de una menor producción de ácidos grasos de cadena corta (SCFA) como el butirato.


Un estudio realizado en pacientes con epilepsia que siguieron una dieta cetogénica clásica 4:1 durante un mes encontró una reducción significativa de estos SCFA, compuestos que cumplen funciones importantes en la salud intestinal y la regulación del sistema inmune. Otra investigación en adultos sanos explicó que este efecto probablemente se debe a que las dietas cetogénicas aportan mucha menos fibra fermentable, que es el principal combustible que utilizan las bacterias intestinales para producir butirato, acetato y otros SCFA.


Por su parte, un estudio de 2024 en mujeres con sobrepeso u obesidad (Güzey Akansel et al., publicado en Nutrients) observó cambios significativos en la microbiota luego de seis semanas de dieta cetogénica, incluyendo una disminución de Bifidobacterium y alteraciones en los niveles de SCFA — además de un aumento de zonulina sérica y de géneros potencialmente patógenos como Escherichia, Klebsiella y Listeria —, lo que llevó a los autores a plantear la posibilidad de disbiosis en algunas personas. En conjunto, estos estudios sugieren que las dietas cetogénicas generan cambios importantes en la microbiota intestinal y tienden a reducir la producción de compuestos derivados de la fermentación de la fibra.


Los propios autores de la primera revisión son honestos en su conclusión: los resultados son heterogéneos, los estudios son cortos y en poblaciones muy específicas, y todavía falta mucho para entender bien el impacto sobre la microbiota. Recomiendan que, si se sigue una VLCKD, se complemente con alimentos fermentados cómo el kéfir, kimchi, o chucrut, proteínas de origen vegetal, ácidos grasos omega-3 y prebióticos si es necesario. En otras palabras: sumar mucha magía vegetal, subiendo la cantidad de carbohidratos en forma de legumbres (proteínas de origen vegetal) y de fibra prebiótica.



¿Entonces, keto para pacientes con cáncer: sí o no?

Esta es la pregunta que más me hacen, y la respuesta honesta es:


SÍ: puede ayudar a una persona que no está comiendo bien en este momento y que, con una dieta cetogénica, aprenda a reemplazar productos ultraprocesados por alimentos reales. La salud mejora cuando se reemplaza un desayuno que consiste en una tostada de pan blanco con queso crema y mermelada junto a un jugo artificial de Tang, por huevos revueltos, palta y un café. Hacer una transición desde una dieta muy alta en carbohidratos de mala calidad puede ser interesante en una fase corta inicial.


SÍ: puede ayudar a una persona con diagnóstico de glioblastoma, durante una fase inicial y bajo seguimiento con una nutricionista oncológica, para obtener resultados con una dieta cetogénica 4:1, priorizando fuentes de grasas no saturadas y preferiblemente de origen vegetal, respetando una ingesta baja de proteínas y controlando indicadores de inflamación, lípidos y función hepática.


NO: tendría cuidado con un glioblastoma en estado avanzado, donde el cáncer tiene una demanda muy alta de los tres macronutrientes por su crecimiento rápido. Un GBM suele tener al comienzo una demanda alta de glucosa (carbohidrato) y glutamina (proteína), pero en un estado más avanzado necesita más combustible para sostener un mayor crecimiento y puede usar también grasas y las mismas cetonas. Si tu dieta cetogénica consiste en mucho huevo, carne, aceite de coco o manteca, le estás dando ese combustible para su crecimiento.


NO: usarla sin tener en cuenta que el efecto cambia según el tipo de cáncer — el cáncer de próstata, por ejemplo, depende mucho de grasas para crecer, así que una dieta muy alta en grasa podría aumentar el crecimiento tumoral ahí.


NO: usarlo—y menos aún en su versión carnívora— de forma sostenida en el tiempo. Cuanto más se prolonga, más se pueden marcar sus desventajas: el aumento del LDL, la falta de nutrientes que aportan las legumbres, ciertas verduras y frutas que no suelen incluir en la dieta, y los posibles cambios en la microbiota, que a largo plazo podrían afectar el sistema inmune y favorecer la inflamación de bajo grado.


Si alguien está considerando seguirla durante el tratamiento, debe hacerlo con supervisión médica y nutricional activa, con monitoreo de lípidos, función renal y estado nutricional.


El patrón dietario con mayor evidencia de protección oncológica — rico en fibra, verduras, frutas, legumbres y granos enteros, con carnes rojas y procesadas limitadas — es prácticamente incompatible con una dieta cetogénica estricta.



Para cerrar

La alimentación durante y después del tratamiento oncológico importa, y mucho. Influye en la tolerancia a los tratamientos, en el estado nutricional, en la microbiota, en la inflamación sistémica y en la calidad de vida. Por eso mismo merece decisiones informadas, no modas dietarias.


Usar el metabolismo del cáncer como herramienta dentro de un tratamiento es algo muy interesante, pero esto no significa que la dieta cetogénica sea la única forma de hacerlo. Hay otras formas de comer con las que se pueden lograr niveles más bajos de glucosa e insulina en sangre, cuidando la microbiota y manteniendo una alta densidad de nutrientes y antioxidantes en tus platos.

 
 
 

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