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Con la dosis alta, en el momento indicado: vitamina C intravenosa y cáncer

Qué sabemos hasta ahora de Vitamina C intravenosa como tratamiento complementario para cáncer?
Qué sabemos hasta ahora de Vitamina C intravenosa como tratamiento complementario para cáncer?

La terapia intravenosa con vitamina C no está incluida en las guías oncológicas convencionales y, por lo tanto, no es un tratamiento estándar en los hospitales. Sin embargo, puede estar disponible en clínicas integrativas. Pero ¿qué sabemos exactamente sobre este tratamiento, y vale la pena considerarla?


Una de las principales ventajas de este tratamiento es su capacidad para dañar de manera selectiva las células cancerígenas, preservando en gran medida las células sanas. Con una infusión de vitamina C, esta vitamina entra directamente al torrente sanguíneo, lo que produce un efecto muy distinto al de comer una naranja o tomar un suplemento. A través de una infusión, las concentraciones de vitamina C en la sangre se elevan a niveles muy altos, imposibles de alcanzar de otro modo. En esas dosis elevadas, la vitamina C cambia de función: mientras en dosis bajas (como en un suplemento) actúa como antioxidante, por vía intravenosa se transforma en un prooxidante que estimula la formación de peróxido de hidrógeno. Un antioxidante neutraliza radicales libres y protege a las células sanas. Un prooxidante, en cambio, puede causar daño a las células, pero en este contexto dánan sobre todo las células cáncerigenas.


Las células cancerígenas suelen tener una mayor necesidad de hierro y aumentan la captación y el almacenamiento de este metal en su forma libre. El hierro libre reacciona intensamente con la presencia de peróxido de hidrógeno (reacción de Fenton), provocando daños severos en la célula cancerígena y favoreciendo su muerte. Las células sanas están más protegidas porque no tienen una alta necesidad de hierro, y el hierro que poseen no se encuentra mayormente libre. Además, cuentan con varios mecanismos defensivos, como una mayor actividad de enzimas catalasa, que degradan eficazmente el peróxido de hidrógeno. Esta es la razón por la cual la vitamina C intravenosa puede dañar de manera específica a las células cancerígenas.


Existe aún mucha incertidumbre acerca de la utilidad de esta terapia. Para entenderlo mejor, volvamos al comienzo.


En la década de 1970, el científico Linus Pauling y el cirujano Ewan Cameron fueron los primeros en investigar el uso de la vitamina C, tanto en forma de suplemento oral como por infusión intravenosa en un contexto clínico. En 1976 publicaron un estudio con 100 pacientes oncológicos terminales, ya sin opciones de tratamiento, a quienes se les administraron diariamente 10 gramos de vitamina C por infusión, además de suplementación oral (equivalente a 70 gramos semanales). Los resultados se compararon con un grupo de 1.000 pacientes oncológicos terminales que no recibieron ninguna intervención.El grupo tratado con vitamina C intravenosa vivió en promedio 4,2 veces más (210 días frente a 50 días) y presentó menos efectos adversos. Llamó especialmente la atención que alrededor del 10% de los pacientes tratados sobrevivieran significativamente más: en promedio 20 veces más que el grupo control, incluyendo un caso que alcanzó los 841 días de supervivencia.

 

El estudio de seguimiento de 1978, realizado por los mismos investigadores, mostró que los pacientes tratados vivían en promedio 300 días más. El 22% de ellos sobrevivió más de un año, en contraste con solo el 0,4% del grupo control. Algunos pacientes alcanzaron incluso períodos de supervivencia mucho más prolongados: ocho de ellos vivieron en promedio 3,5 años adicionales. En resumen, se obtuvieron resultados muy interesantes en distintos tipos de cáncer.


En 1985, la Mayo Clinic llevó a cabo un estudio similar, aunque con un diseño científico mucho más sólido. En lugar de comparar a los pacientes con un grupo externo de 1.000 personas que no formaban parte del estudio, emplearon un ensayo clínico aleatorizado y doble ciego. Cien participantes fueron asignados al azar a recibir vitamina C o placebo, y ni los pacientes ni los investigadores sabían quién pertenecía a cada grupo. Este método reduce los sesgos y constituye el estándar de oro de la investigación clínica moderna. Los resultados mostraron que la vitamina C no tuvo un efecto sobre la supervivencia ni sobre la progresión de la enfermedad, un gran contraste con los hallazgos previos.


La Mayo Clinic, reconocida a nivel mundial, publicó estos resultados en The New England Journal of Medicine, una de las revistas médicas más prestigiosas. La combinación de la reputación de la institución y la solidez metodológica del estudio marcó un punto de inflexión: los trabajos anteriores perdieron fuerza y el interés en la vitamina C disminuyó drásticamente. Sin embargo, un aspecto a menudo pasado por alto es que en este estudio la vitamina C se administró únicamente por vía oral con suplmentación (10 gramos diarios) y no por vía intravenosa. Como consecuencia, las concentraciones plasmáticas alcanzadas fueron mucho menores, lo que explica la falta de efecto observada.


Después se hicieron más estudios, pero por la actitud escéptica dominante la vitamina C dejó de tomarse en serio como posible tratamiento estándar. Estudios posteriores mostraron buenos resultados en laboratorio o demostraron que era muy segura en pacientes, pero no fueron grandes ensayos aleatorizados y doble ciego, y no lograron cambiar su imagen.


A pesar de esto, las clínicas alternativas e integrativas siguieron interesadas en la vitamina C intravenosa. La pregunta persistía: ¿cómo hacer más eficaz esta terapia? ¿Funciona en todos los tipos de cáncer o hay algunos en los que actúa mejor?

Los estudios más recientes de la Universidad de Iowa (2024) muestran que la combinación, la forma de aplicación y el momento son fundamentales. Los primeros estudios de los setenta mostraban buenos resultados como terapia aislada. Pero ¿qué pasa si se combina con quimioterapia o radioterapia? ¿Funciona también en cánceres agresivos como el de páncreas?


El estudio de Iowa organizó un ensayo clínico fase 2 con 34 pacientes con cáncer de páncreas estadio 4. Los participantes se dividieron en dos grupos: uno recibió quimioterapia estándar (gemcitabina y nab-paclitaxel), y el otro la misma quimioterapia más dosis altas de vitamina C intravenosa. La infusión se administraba el mismo día que la quimio. La dosis fue considerablemente más alta que en los años setenta: tres veces por semana 75 gramos (un total de 250 gramos), frente a los 70 gramos del estudio de 1976 semanales.

Los resultados fueron impresionantes: la combinación de quimioterapia y vitamina C intravenosa duplicó la supervivencia media de 8 a 16 meses, y prolongó la supervivencia libre de progresión de 4 a 6 meses. La misma universidad realizó antes un estudio con vitamina C intravenosa más radioterapia en cáncer de páncreas. También allí la supervivencia total mediana subió a 21,7 meses frente a 12,7 meses institucionalmente, y la supervivencia libre de progresión mediana a 13,7 meses frente a 4,6 meses institucionalmente.


Quizá más interesante aún, en el estudio donde se combinó vitamina C intravenosa con radioterapia, tres pacientes seguían vivos nueve años después, algo prácticamente inédito en cáncer de páncreas! Esto no se mencionó en el artículo (publicado muchos años antes) pero sí lo comunicó el Dr. Cullen, uno de los científicos de los estudios de Iowa, en un comunicado de prensa:


“En uno de nuestros estudios fase 1 previos en cáncer de páncreas tratamos pacientes con vitamina C combinada con radioterapia. Para nuestra sorpresa, algunos de ellos siguen vivos nueve años después, cuando la supervivencia típica no suele superar unos pocos meses”, dijo Cullen.


Se trata de estudios bien diseñados, ensayos controlados y aleatorizados en los que la vitamina C intravenosa no se prueba como terapia aislada sino combinada con tratamientos estándar como quimioterapia y radioterapia y administrado en el mismo día. La Mayo Clinic, en cambio, sólo había dado suplementos de vitamina C sin quimioterapia y mostró no ser útil.


En enfermedades complejas como el cáncer, donde intervienen múltiples mecanismos en el origen y crecimiento, es importante combinar distintos estrategias para abordar el tratamiento usando cambios en estilo de vida, tratamientos estandar, otros fármacos y suplementos. Este es un buen ejemplo de cómo una terapia combinada puede dar resultados extraordinarios si se aplica en el contexto adecuado: la dosis justa, el momento justo en combinación con otro tratamiento para generar un efecto de sinergia y con la vía de administración correcta osea intravenosa.


Los resultados son prometedores pero provienen de estudios relativamente pequeños, con unos 30 y tantos pacientes. También se han registrado buenos resultados en glioblastoma y están en marcha estudios con cáncer de pulmón de estos mismos científicos.

Aunque todos los cánceres tienen una afinidad con el hierro libre, sin embargo algunos tipos de cáncer parecen ser más sensibles a la formación de peróxido de hidrógeno por IV vitamina C porque contienen más hierro libre y tienen menor actividad de catalasa aún.

Unos de los desafios de cáncer de pancreas es que tiene un capa muy gruesa alrededor la masa tumoral comparado con otros tipos de cánceres. Esa capa alrededor el tumor no solo forma una barrera fysica que hace mas dificil que los medicamientos pueden penetrar y que tratamiento sea eficaz, también está metabolicamente activa. Ese area densa alrededor el tumor consiste en matriz extracelular, colágeno y fibroblastos asociados al cáncer (CAF). Estos CAF nutren el tumor con hierro que hace que cáncer de páncreas tiene particularmente mucho hierro libre en su microambiente tumoral y en las células cáncerigenas.


Muchas cánceres agresivas en general necesitan más hierro por su crecimento feroz osea podría ser un tratamiento complementario interesante para una amplia variedad de cánceres como cáncer colorectal, glioblastoma, cáncer de púlmon, cáncer de mama triple negativo, cáncer de hígado, cáncer de ovarios y cánceres que tienen mutaciónes especificas como BRAF o KRAS que lo suelen hacer más agresivos también.    


Siempre se necesitan estudios más amplios y con mayor cantidad de pacientes para poder determinar con mayor certeza si esta terapia es adecuada para todos los pacientes oncológicos en el futuro. Sin embargo, no es fácil obtenerlos: son procesos largos y costosos y, al tratarse de vitamina C —una sustancia ya existente— no hay grandes fondos privados interesados en invertir. Un ejemplo es el estudio de la Universidad de Iowa, que evaluó el impacto de la vitamina C intravenosa junto con quimioterapia en pacientes con cáncer; costó 9,7 millones de dólares y fue financiado por el NCI, una organización sin fines de lucro.


Las personas que hoy enfrentan un cáncer no tienen el lujo de esperar indefinidamente los resultados de más estudios. El momento de informarse y explorar opciones disponibles a corto plazo es ahora. Y todos aspiramos a ser como esas tres personas que, nueve años después, continuaban libres de cáncer. Seguramente, además de participar en ese estudio, hicieron muchas otras cosas para acompañar esos resultados tan extraordinarios; no tengo dudas de ello.


Por ahora sabemos que la terapia complementaria con vitamina C intravenosa puede mejorar la  calidad de vida y ayudar a reducir los efectos adversos de los tratamientos estándar. Es bien tolerada y se considera segura cuando se administra y supervisa de manera adecuada. Además, representa un tratamiento de bajo costo en comparación con las terapias convencionales y, con la dosis y el momento apropiados, combinada con los tratamientos estándar, podría incluso contribuir a prolongar la vida. Es un montón.

 
 
 

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